Pero
sea alegre o triste el semblante que asumamos, al adoptarlo y asumirlo
definimos nuestro humor prevaleciente. De aquí en adelante, mientras
continuemos bajo el hechizo de este autoconocimiento, no solo vivimos sino
actuamos; componemos y representamos el personaje que hemos elegido, calzamos
el coturno de la deliberación, defendemos e idealizamos nuestras pasiones, nos
estimulamos elocuentemente a ser lo que somos, devotos o desdeñosos o
descuidados o austeros; hablamos a solas (ante una audiencia imaginaria) y nos
envolvemos graciosamente en el manto de nuestra parte inalienable. Así vestidos, solicitamos el aplauso y
esperamos morir en medio de un silencio universal. Declaramos vivir de
acuerdo con los elevados sentimientos que hemos manifestado, así como tratamos
de vivir de acurdo con la religión que profesamos. Cuanto mayores las
dificultades, mayor es nuestro celo. Pero debajo de nuestros principios
declarados y nuestra palabra empeñada debemos esconder asiduamente todas las
desigualdades de nuestro humor y nuestra conducta, y esto sin hipocresía, ya que nuestro carácter elegido es más
verdaderamente nuestro que el flujo de nuestros sueños involuntarios. El
retrato que pintamos de este modo y exhibimos como nuestra verdadera persona
puede estar hecho según el gran estilo, con columnas y cortinados y paisajes
distantes y señalando con el dedo un globo terrestre o una filosófica calavera
de Yorick; pero si este estilo es innato y nuestro arte vital, cuanto más
transmute a su modelo, más profundo y verdadero será el arte. El busto severo
de una escultura arcaica, que apenas humaniza el bloque de piedra, será más
justa expresión de un espíritu que el aspecto embotado que tiene el hombre por
la mañana o sus muecas casuales. Todo aquel que esté seguro de su inteligencia,
u orgulloso de su cargo, o ansioso por su deber, asume una máscara trágica. Se
delega en ella y a ella transfiere casi toda su vanidad. Si bien está vivo y sometido, como todo lo existente, al flujo
debilitante de su propia sustancia, ha cristalizado su espíritu en una idea, y
más con orgullo que con dolor a ofrendado su vida en el altar de las musas.
El autoconocimiento, como cualquiera arte o ciencia, vierte su materia a un
nuevo medio, el medio de las ideas, en el cual pierde sus viejas dimensiones y
su antiguo lugar. Nuestros hábitos animales son transmutados por la conciencia
en lealtades y deberes, y nos volvemos "personas" o máscaras.
Georges Santayana, Soliloquies
in England and Later Soliloquies, Nueva York: Scribner’s, 1922,
págs. 133-134.